Presentando a Ferdinand

Ferdinand Bancuver es un joven maduro de edad indefinida, que vive en una ciudad llena de sol y de sombras. Ferdinand observa, siente y escribe,  pero sobre todo deambula por las calles del presente. Sus pensamientos se desatan con facilidad y saltan por los aires aunque nadie los pueda ver, salvo nosotros.

Ferdinand no cree en casi nada. No cree en lo que ve, ni en lo que oye. En esta época absurda del mundo, tan sólo cree en lo que percibe. Está vivo, muy vivo y es consciente de ello. Y se agarra a la vida como una lapa. Hay quien lo ha definido como «El loco más cuerdo que conozco». Un tío peculiar hoy día, pues no quiere perder su esquema vital.

Esta mañana no se encuentra demasiado lúcido para escribir. Pero hay que hacerlo porque de eso vive, de los cuatro duros que le dan en el periódico por sus artículos urbanos y, sobre todo, porque es lo que le alimenta anímicamente, lo que le acerca a la vida, lo que le calma la sed y el ser. Por eso, se pone a redactar unas líneas sobre lo que le sucede en este momento:

«Hoy sólo escribo de costado ya que hacerlo de frente es imposible. Me exprimiré no sé el qué, pero lo haré hasta que me salga zumo de existencia por los poros. Hoy sólo pienso de costado. Tengo el domingo por las piernas y el estómago en una lata de pereza. A lo mejor tengo derecho a no hacer nada. Me llama el sofá de los días festivos, diseñado para morir un rato antes de iniciar otra semana. Si muero un poco hoy, y al final no me exprimo la existencia, me tumbaré de costado, porque morir de frente es demasiado posible».

El domingo transcurre con una lentitud que se evapora y Ferdinand lo absorbe como viene. No piensa en nada en especial. No le da vueltas a la cabeza, salvo cuando el día empieza a esconderse por detrás del horizonte. Ante sus ojos se mezclan, peleándose, antenas, chimeneas, tejados  y colinas. La luz naranja del poniente le hace percibir que el sol se ha puesto a su altura y le mira. Piensa, como tantas otras veces, que la jornada va a terminar y en lo efímero del tiempo; en que todo pasará y que si pasa lento, será distinto. Empieza a sentirse triste y angustiado, pero como siempre, le salta el resorte interior, la defensa marcial anti-amargura que lleva dentro, no sabe bien si en la cabeza o en el pecho o en ambas partes:

«No pienses más, el poniente está para mirarlo no para pensar lo que es».

Como un niño obediente y asustado, Ferdinand reacciona. Se va rápidamente a la cocina y coge una cerveza helada, una lata de berberechos y unos palillos. Corre al balcón y se sienta con los pies apoyados en la barandilla de modo que ve la luz final que deja el sol detrás de ellos. Se toma un berberecho, bebe un sorbo de cerveza que le baña en hielo la garganta y se comenta sí mismo:

«Qué distinto sabe un berberecho con palillo y no con tenedor».

Respira. Se disipa su tristeza. La angustia se mezcla con el aire y se va. Ferdinand recuerda el mar mientras sus ojos se detienen en las últimas partículas de luz.

 

 

Advertisements
Standard