Ni debajo del agua

La madre de Paula, lo que se llama vulgarmente la suegra, está  visitando a la pareja durante unos días. Ocupa la pequeña habitación de invitados que hasta ahora sólo había sido refugio para montones desordenados de libros, discos de vinilo y cosas viejas de Ferdinand, de las que no se desprende aunque no sirvan para nada.

Paula sale todas la mañanas a trabajar y Ferdinand se queda en casa escribiendo, mejor dicho, intentándolo. Realmente no lo está consiguiendo en absoluto porque su suegra no para de hablar, de contar historias del pasado y del presente, que va enlazando sin final posible. Ferdinand se acuerda más que nunca de las palabras de Rafael Soler: «Los poetas necesitan tiempo y recogimiento», porque esto último y silencio es exactamente lo contrario de lo que ha tenido estos últimos días.

«¡Esta mujer no se calla ni debajo del agua!», se dice Ferdinand a sí mismo continuamente.

No puede seguir así, pues no logra concentrarse. Busca en internet si existe algún milagro de la tecnología moderna que pueda paliar el soniquete permanente de estas historias sin sentido. Ya probó el otro día con tapones de cera en los oídos, pero el sonido es tan penetrante que no sirve de mucho. Su amigo Mamerto, que escribe en la sección científica del periódico, le dijo alguna vez que habían inventado un dispositivo bastante sencillo que se ponía en la espalda y que, activando el interruptor, lograba bajar el volumen de quien estuviera hablando. El hablador seguía escuchándose perfectamente, como si nada, pero los demás descansaban y se quedaban muy a gusto.

No quiere terminar odiando a su querida suegra, como su primo Pejerto, que se inventó el chiste:

«¿Cuál es el vino más amargo? El vino Lasuegra».

Por eso se decide a bajar a la farmacia a ver si tienen el soñado aparato y de paso hace la compra en el supermercado de Paula.

«Suegrita, bonita, vamos a la farmacia y a la compra un momento, anda, acompáñame», sugiere Ferdinand a la madre de Paula.

«Ay sí, ya me termino de arreglar y nos vamos. Así podremos hablar también con otra gente», contesta ella de la única manera posible.

Afortunadamente, en la farmacia tienen el dispositivo silencioso. Después llegan al súper y Ferdinand, aprovechando que Paula saluda a su madre y charlan un momento, le pone a ésta el aparato milagroso en la espalda, utilizando el adhesivo que lleva incorporado. Paula vuelve a la caja, porque hay gente esperando para pagar. Ferdinand coge en brazos a la suegra, la monta en el carrito de la compra y le baja al máximo el volumen. Ella continúa hablando, moviendo los labios sin parar y gesticulando, pero ya no se oye nada de lo que dice.

«Esto es vida. Si llego a acordarme antes de la recomendación de mi amigo, hubiera ganado tres días de silencio. Bueno, más vale tarde que nunca. Ahora hay que estar atento para cambiarle las pilas al aparatito en cuanto empiecen a fallar», se dice Ferdinand reconfortado.

 

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