Las calles de la miseria

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El día ha amanecido nublado desde sus entrañas. Ferdinand tiene enchufados los «cascos» en las orejas mientras suena Media Verónica de Andrés Calamaro, con esa gravedad que la convierte en un poema con música que no cansa, que se puede escuchar millones de veces.

Tiene abierto un cuaderno grande con líneas rayadas donde quiere dejar plasmados los impactos que le asaltan esta mañana. Imágenes que son recuerdos de las calles y la gente que vio en Vancouver hace unos días, en un barrio de cuyo nombre no se acuerda por mucho que lo intente.

No sabe si lo que está escribiendo acabará algún día en un poema, un relato o un simple artículo, pero al menos quiere dejarlo contado, ahora que lo tiene aún fresco:

«A pocas manzanas del Art Gallery, de los grandes hoteles, de los restaurantes caros, del lujo y el desarrollo de la civilización, se encuentra un barrio donde nada de esto parece haber existido nunca. O quizá sea más bien el exceso desequilibrado de lo anterior lo que le confiere razón de ser.

Andando a paso tranquilo en dirección a Chinatown, a unos quince minutos más o menos, uno se adentra en un submundo que te rompe el ánimo. Que te hace querer ayudar de golpe a toda esa gente. Que te hace ver con angustia la imposibilidad de hacerlo, sobre todo porque hay cientos, miles de estos seres desamparados, regurgitados por la sociedad por la puerta de atrás.

Estamos ante un auténtico ghetto. Una zona donde se ha relegado a esos hombres y mujeres que no han podido subirse al tren del «bienestar».

Aquí, las multitudes desarrapadas y desprovistas de futuro y posibilidades, hacen cola para recibir, dos o tres veces al día, su dosis de droga. Aquella que les mantendrá alejados de la tentación de tener que saltarse la legalidad para conseguirla. Se palpa en el aire una paz forzada. Hay esquinas donde la desesperación que emana de las almas hace muy difícil respirar. Es el paisaje de la miseria. Un hombre golpea incesantemente una farola con la única moneda de un dólar que tiene. Es como si quisiera agarrarla fuerte antes de cambiarla por algo de comida o de alcohol. Se ven por todas partes delgados harapos de colores oscuros que se mueven lentamente y sólo cuando te fijas en alguno de ellos, se percibe la desolación en su mirada y la desesperanza en su modo de caminar. Estas personas también comen, pero sólo restos de algún garito cercano, sobras arañadas unas calles más arriba entre la basura de algún bistró, o mendrugos de pan duro que ayudan a tragar con sorbos de vino pasado y agrio. Se ven ojos tristes, expresiones enajenadas si miras de frente alguna cara, aunque también hay rostros inconscientemente sonrientes, ajenos por completo a la mierda y el abandono en que habitan.

Los edificios llevan mucho tiempo convertidos en casas de cristales rotos y paredes desvencijadas. Las aceras están sucias. Es doloroso el contraste con la nítida opulencia que se ve unas yardas más arriba, y más cuando hay que esquivar algún vómito de sangre o alcohol.

Todo esto parece un escenario de expresiones perdidas, de lágrimas grises como las fachadas, de arcadas contenidas entre la barbilla y los talones. Pero lo terrible es que no lo es. Lo dramático es que aquí hay función las veinticuatro horas del día y trescientos sesenta y cinco días al año.

¡Qué lejano parece todo esto del arte, del trabajo de Matisse que vimos el otro día. Qué distinto el mundo contenido en estas calles al que hace años descubrí leyendo a Proust en el Camino de Swan. El tiempo, para estos mortales, ha dejado de existir.

 

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