Ferdinand Bancuver en papel

La novela Ferdinand Bancuver ha sido publicada. Se presentó el pasado 13 de marzo en la Asociación de Escritores y Artistas Españoles, bajo el patrocinio de Escritores en Red y como primer número de su colección de narrativa. El sello editorial lo ha puesto Amargord Ediciones.

Para adquirir el libro on line, basta con pinchar Amargordediciones.es

Como avance, pueden leer en este blog alguno de los capítulos del mismo.

Standard

Ni debajo del agua

La madre de Paula, lo que se llama vulgarmente la suegra, está  visitando a la pareja durante unos días. Ocupa la pequeña habitación de invitados que hasta ahora sólo había sido refugio para montones desordenados de libros, discos de vinilo y cosas viejas de Ferdinand, de las que no se desprende aunque no sirvan para nada.

Paula sale todas la mañanas a trabajar y Ferdinand se queda en casa escribiendo, mejor dicho, intentándolo. Realmente no lo está consiguiendo en absoluto porque su suegra no para de hablar, de contar historias del pasado y del presente, que va enlazando sin final posible. Ferdinand se acuerda más que nunca de las palabras de Rafael Soler: «Los poetas necesitan tiempo y recogimiento», porque esto último y silencio es exactamente lo contrario de lo que ha tenido estos últimos días.

«¡Esta mujer no se calla ni debajo del agua!», se dice Ferdinand a sí mismo continuamente.

No puede seguir así, pues no logra concentrarse. Busca en internet si existe algún milagro de la tecnología moderna que pueda paliar el soniquete permanente de estas historias sin sentido. Ya probó el otro día con tapones de cera en los oídos, pero el sonido es tan penetrante que no sirve de mucho. Su amigo Mamerto, que escribe en la sección científica del periódico, le dijo alguna vez que habían inventado un dispositivo bastante sencillo que se ponía en la espalda y que, activando el interruptor, lograba bajar el volumen de quien estuviera hablando. El hablador seguía escuchándose perfectamente, como si nada, pero los demás descansaban y se quedaban muy a gusto.

No quiere terminar odiando a su querida suegra, como su primo Pejerto, que se inventó el chiste:

«¿Cuál es el vino más amargo? El vino Lasuegra».

Por eso se decide a bajar a la farmacia a ver si tienen el soñado aparato y de paso hace la compra en el supermercado de Paula.

«Suegrita, bonita, vamos a la farmacia y a la compra un momento, anda, acompáñame», sugiere Ferdinand a la madre de Paula.

«Ay sí, ya me termino de arreglar y nos vamos. Así podremos hablar también con otra gente», contesta ella de la única manera posible.

Afortunadamente, en la farmacia tienen el dispositivo silencioso. Después llegan al súper y Ferdinand, aprovechando que Paula saluda a su madre y charlan un momento, le pone a ésta el aparato milagroso en la espalda, utilizando el adhesivo que lleva incorporado. Paula vuelve a la caja, porque hay gente esperando para pagar. Ferdinand coge en brazos a la suegra, la monta en el carrito de la compra y le baja al máximo el volumen. Ella continúa hablando, moviendo los labios sin parar y gesticulando, pero ya no se oye nada de lo que dice.

«Esto es vida. Si llego a acordarme antes de la recomendación de mi amigo, hubiera ganado tres días de silencio. Bueno, más vale tarde que nunca. Ahora hay que estar atento para cambiarle las pilas al aparatito en cuanto empiecen a fallar», se dice Ferdinand reconfortado.

 

Standard

Presentando a Ferdinand

Ferdinand Bancuver es un joven maduro de edad indefinida, que vive en una ciudad llena de sol y de sombras. Ferdinand observa, siente y escribe,  pero sobre todo deambula por las calles del presente. Sus pensamientos se desatan con facilidad y saltan por los aires aunque nadie los pueda ver, salvo nosotros.

Ferdinand no cree en casi nada. No cree en lo que ve, ni en lo que oye. En esta época absurda del mundo, tan sólo cree en lo que percibe. Está vivo, muy vivo y es consciente de ello. Y se agarra a la vida como una lapa. Hay quien lo ha definido como «El loco más cuerdo que conozco». Un tío peculiar hoy día, pues no quiere perder su esquema vital.

Esta mañana no se encuentra demasiado lúcido para escribir. Pero hay que hacerlo porque de eso vive, de los cuatro duros que le dan en el periódico por sus artículos urbanos y, sobre todo, porque es lo que le alimenta anímicamente, lo que le acerca a la vida, lo que le calma la sed y el ser. Por eso, se pone a redactar unas líneas sobre lo que le sucede en este momento:

«Hoy sólo escribo de costado ya que hacerlo de frente es imposible. Me exprimiré no sé el qué, pero lo haré hasta que me salga zumo de existencia por los poros. Hoy sólo pienso de costado. Tengo el domingo por las piernas y el estómago en una lata de pereza. A lo mejor tengo derecho a no hacer nada. Me llama el sofá de los días festivos, diseñado para morir un rato antes de iniciar otra semana. Si muero un poco hoy, y al final no me exprimo la existencia, me tumbaré de costado, porque morir de frente es demasiado posible».

El domingo transcurre con una lentitud que se evapora y Ferdinand lo absorbe como viene. No piensa en nada en especial. No le da vueltas a la cabeza, salvo cuando el día empieza a esconderse por detrás del horizonte. Ante sus ojos se mezclan, peleándose, antenas, chimeneas, tejados  y colinas. La luz naranja del poniente le hace percibir que el sol se ha puesto a su altura y le mira. Piensa, como tantas otras veces, que la jornada va a terminar y en lo efímero del tiempo; en que todo pasará y que si pasa lento, será distinto. Empieza a sentirse triste y angustiado, pero como siempre, le salta el resorte interior, la defensa marcial anti-amargura que lleva dentro, no sabe bien si en la cabeza o en el pecho o en ambas partes:

«No pienses más, el poniente está para mirarlo no para pensar lo que es».

Como un niño obediente y asustado, Ferdinand reacciona. Se va rápidamente a la cocina y coge una cerveza helada, una lata de berberechos y unos palillos. Corre al balcón y se sienta con los pies apoyados en la barandilla de modo que ve la luz final que deja el sol detrás de ellos. Se toma un berberecho, bebe un sorbo de cerveza que le baña en hielo la garganta y se comenta sí mismo:

«Qué distinto sabe un berberecho con palillo y no con tenedor».

Respira. Se disipa su tristeza. La angustia se mezcla con el aire y se va. Ferdinand recuerda el mar mientras sus ojos se detienen en las últimas partículas de luz.

 

 

Standard

Las calles de la miseria

heroin-alley-vancouverretrato12

El día ha amanecido nublado desde sus entrañas. Ferdinand tiene enchufados los «cascos» en las orejas mientras suena Media Verónica de Andrés Calamaro, con esa gravedad que la convierte en un poema con música que no cansa, que se puede escuchar millones de veces.

Tiene abierto un cuaderno grande con líneas rayadas donde quiere dejar plasmados los impactos que le asaltan esta mañana. Imágenes que son recuerdos de las calles y la gente que vio en Vancouver hace unos días, en un barrio de cuyo nombre no se acuerda por mucho que lo intente.

No sabe si lo que está escribiendo acabará algún día en un poema, un relato o un simple artículo, pero al menos quiere dejarlo contado, ahora que lo tiene aún fresco:

«A pocas manzanas del Art Gallery, de los grandes hoteles, de los restaurantes caros, del lujo y el desarrollo de la civilización, se encuentra un barrio donde nada de esto parece haber existido nunca. O quizá sea más bien el exceso desequilibrado de lo anterior lo que le confiere razón de ser.

Andando a paso tranquilo en dirección a Chinatown, a unos quince minutos más o menos, uno se adentra en un submundo que te rompe el ánimo. Que te hace querer ayudar de golpe a toda esa gente. Que te hace ver con angustia la imposibilidad de hacerlo, sobre todo porque hay cientos, miles de estos seres desamparados, regurgitados por la sociedad por la puerta de atrás.

Estamos ante un auténtico ghetto. Una zona donde se ha relegado a esos hombres y mujeres que no han podido subirse al tren del «bienestar».

Aquí, las multitudes desarrapadas y desprovistas de futuro y posibilidades, hacen cola para recibir, dos o tres veces al día, su dosis de droga. Aquella que les mantendrá alejados de la tentación de tener que saltarse la legalidad para conseguirla. Se palpa en el aire una paz forzada. Hay esquinas donde la desesperación que emana de las almas hace muy difícil respirar. Es el paisaje de la miseria. Un hombre golpea incesantemente una farola con la única moneda de un dólar que tiene. Es como si quisiera agarrarla fuerte antes de cambiarla por algo de comida o de alcohol. Se ven por todas partes delgados harapos de colores oscuros que se mueven lentamente y sólo cuando te fijas en alguno de ellos, se percibe la desolación en su mirada y la desesperanza en su modo de caminar. Estas personas también comen, pero sólo restos de algún garito cercano, sobras arañadas unas calles más arriba entre la basura de algún bistró, o mendrugos de pan duro que ayudan a tragar con sorbos de vino pasado y agrio. Se ven ojos tristes, expresiones enajenadas si miras de frente alguna cara, aunque también hay rostros inconscientemente sonrientes, ajenos por completo a la mierda y el abandono en que habitan.

Los edificios llevan mucho tiempo convertidos en casas de cristales rotos y paredes desvencijadas. Las aceras están sucias. Es doloroso el contraste con la nítida opulencia que se ve unas yardas más arriba, y más cuando hay que esquivar algún vómito de sangre o alcohol.

Todo esto parece un escenario de expresiones perdidas, de lágrimas grises como las fachadas, de arcadas contenidas entre la barbilla y los talones. Pero lo terrible es que no lo es. Lo dramático es que aquí hay función las veinticuatro horas del día y trescientos sesenta y cinco días al año.

¡Qué lejano parece todo esto del arte, del trabajo de Matisse que vimos el otro día. Qué distinto el mundo contenido en estas calles al que hace años descubrí leyendo a Proust en el Camino de Swan. El tiempo, para estos mortales, ha dejado de existir.

 

Standard